martes, 28 de octubre de 2014

La anormalidad necesaria

La entrada del año 8142 fue recibido con noticias emocionantes en los laboratorios de cronología de la Federación de Culturas: la estabilización de la ecuación unificada de la cronología. Dicho así no suena a gran cosa, sin embargo, y para efectos de fácil entendimiento, o groseramente simplificado quizás dirían los miles de científicos -humanos y de otras especies- que participaron en la investigación, diríamos que es la llave que permitiría a los habitantes de la tierra el poder viajar a su propio pasado y futuro: el romper el continuo espacio-tiempo y poder comprender la historia como un todo.

Antes de eso habíamos logrado modificar el espacio tiempo, pero solamente para hacer viajes "virtuales" al pasado evitando viajar en el tiempo junto con el espacio, que resultaba realmente útil cuando se empezaron a realizar recorridos de largas distancias entre estrellas y se deseaba que el viajero volviera a tiempo para contar al resto de la humanidad lo visto y sucedido. Sin embargo, el verdadero viaje en el tiempo seguía siendo misterioso y esquivo. Las fórmulas relativistas, cuánticas, transexistencialistas, neoespiritualistas y otras tantas descubiertas y analizadas por los arqueólogos y por los matemáticos no resolvían completamente la estructura misma del tiempo, y hasta entonces los habitantes de la tierra se habían preocupado más por buscar expandir colonias habitables a través del espacio que por descubrir las entrañas de su propia historia; cosa comprensible desde el punto de vista de la falta de recursos, alimentación, agua. Pero ahora los viajes interestelares habían cambiado profundamente la consciencia de los habitantes de la tierra, los había hecho comprender su lugar en la agitada vida de la galaxia, y con ello comprenderse mucho más profundamente a sí mismos. Los recursos se solucionaron entonces mas bien gracias a una más eficiente consciencia del uso y aprovechamiento que a su disponibilidad, las culturas y pueblos dejaron de competir por cosas baladís y el intercambio con los otros pueblos de la galaxia ayudaron a sanar las viejas heridas de los terrestres.

Pero el tiempo seguía ahí, inexorable.

Y curiosamente no era algo de lo que hablaran mucho con otras culturas y civilizaciones: las más avanzadas solían ser algo esquivos sobre el tema, contestando con cierta grandilocuencia filosófica acerca del conocimiento de nuestros orígenes y el camino que se debe de emprender a solas, y los peligros implicados, y las más primitivas solían estar aún poco interesadas o bien tener demasiado poco campo de estudio al respecto. Los iguales tenían las mismas dudas...

Pero en el amanecer del 8142, en los laboratorios de cronología la cosa fue distinta: Un equipo de científicos conformado por tres humanos, cinco chimpancés y algunos gatos que habían prestado voluntariamente la capacidad de procesamiento de sus centros visuales para proyectar la intrincada estructura de la ecuación habían podido por fin estabilizar un modelo funcional de la misma. Y cuando se corrían simulaciones se podían enviar partículas, e incluso pequeños sólidos, al mismo punto en el espacio, pero en otro punto del tiempo. El anuncio fue recibido con gran emoción, se corrieron una y otra vez las simulaciones y el clima científico terrestre se vistió de fiesta, al menos durante unos días, hasta que estuvo terminado el primero dispositivo preparado para hacer el viaje.

La manufactura de la máquina nos resultaría imposible de entender (así como la ecuación en sí) pero sí podemos entender fácilmente que los primeros resultados fueron limitados: primero pudieron enviar un pequeño conjunto de electrones (con un spin modificado para hacerlos fácilmente identificables) unos segundos al pasado... y llegaron. Luego fueron más ambiciosos y enviaron una pequeña burbuja de un gas inerte... y llegó. Entonces decidieron ir más lejos y enviaron algo sólido, inorgánico, y tangible en escala que todos podrían entender, y enviaron una esfera de metal de unos 5mm de diámetro y una leyenda grabada a nivel atómico para identificarlo... y después de hacer algunos ajustes a la ecuación, y a la máquina, por fin llegó. Decidieron ir más lejos y nuestro primero viajero del tiempo fue propulsado unos minutos al pasado, entonces fueron necesarios más ajustes a la ecuación, y darle un poco más de energía a la máquina, pero llegó, y funcionó bien mientras no se sobrepasaran los 72 minutos. Incluso funcionó con materia orgánica y algunos organismos unicelulares que pudieron dejar una patente emoción al ir al pasado, luego vinieron los organismos multicelulares e incluso uno de los gatos se ofreció voluntario para volver a ver la final de su serie favorita... y llegó, y describió la experiencia con júbilo, pero nada podía ir más atrás de 72 minutos en el tiempo: la máquina simplemente fallaba al intentar desmaterializar al viajero, sin importar su naturaleza, y si lo lograba, entonces era incapaz de insertarlo en el flujo del tiempo en el punto dado y se perdía en la nada de la inexistencia. Una muerte cruel, aunque se trate de pequeñas esferas de metal de 5mm de diámetro.

El júbilo inicial duró algunos meses hasta que se dieron cuenta que el límite de los 72 minutos se erguía como una barrera infranqueable. La ecuación se ajustó una y otra vez, la potencia de la máquina y sus osciladores se ajustaron, se rectificaron las frecuencias de las señales, pero nada iba más allá de los 72 minutos; después de ahí solamente había la nada, la inexistencia más absoluta, salir definitivamente de la cronología... para siempre.

Luego el equipo de investigación se sumió en la penumbra: no sabían si la barrera era algo obligado por la cronología o por las leyes que regían la física de la máquina. Intentaban una y otra vez revisar la ecuación, su instancia en la máquina sin resultados. Así pasaron meses sin nuevos resultados, y sin mayor utilidad que volver a ver el inicio de un partido o volver a escuchar un discurso interesante... que no hubiera iniciado antes de 72 minutos.

Hasta donde sabemos, la ecuación fue construida analizando cuidadosamente el fluir del tiempo; se usaron registros históricos rescatados de todas las eras de la humanidad, así como evidencia fósil proveniente de todos los momentos del tiempo. Se registraron sus modificaciones, los efectos de las mismas y las consecuencias en una secuencia casi enloquecedora de causa-efecto imposibles de seguir sin el poderosísimo sistema de visualización de los gatos. Uno de los ayudantes se obsesionó con la idea de que habían dejado pasar algo por alto, que un detalle de esa maraña de causa-efecto estaba siendo omitido. Revisó una y otra vez todas las versiones de la historia que encontró, las contradictorias y las que se confirman. Analizó cuidadosamente las evidencias y las repercusiones de cada registro encontrado, las posibilidades de eventos distintos, los caminos elegidos y los caminos descartados de cada partícula de la que se tuvo registro.

Y encontró algo.

Algo que de pronto fue tan vago que se pasó por alto. Pero ahí estaba.

Algunos sitios web de inicios del siglo XXI hacían una oscura referencia a unos tabloides que hablaban del incidente de la aparición de un objeto misterioso en medio de un bosque ancestral en un punto que por entonces se conocía como Inglaterra. Ese dato había sido considerado un evento de ficción y se había integrado en la ecuación como tal, y todo parecía bien hasta ahí. También encontró algunos registros de eventos ficticios sin explicación y sin respaldo histórico similares, incluídas las versiones de secuestros que en aquel entonces se decía que eran extraterrestres. Y la verdad es que nunca habían preguntado mucho al respecto a las culturas de la galaxia. Se sabía que habían venido antes pero jamás se intentó confrontar esos antiguos registros con sus visitas, pues se hubiera considerado descortés viniendo de una civilización emergente como la terrestre. Pero los registros estaban ahí, clasificados como ficción y puestos junto con todas las publicaciones de propaganda emitidas por los salvajes gobiernos de la época. Y entonces la idea fue tan absurda y tan brillante a la vez que casi se sintió culpable por pensarla: tomó un montón de esos eventos y los reclasificó como reales. Ejecutó los ajustes en la ecuación y los gatos terminaron con ella a la madrugada siguiente. La ecuación parecía totalmente distinta, con más aristas, con más contrastes, pero en global más armónica.

La nueva ecuación era tan esperanzadora como nefasta: resulta que no todos los eventos anormales ficticios lo eran, pero tampoco todos los eventos anormales eran reales, con el tiempo se pudieron calcular nuevas variantes de posibilidades y al final, en los albores del año 8147 cuando se decidió que se podría intentar un nuevo viaje al pasado con los datos corregidos, la paja separada del trigo y un intento por saber la verdad. Se decidió usar un objeto inanimado e ir con pasos tímidos, apenas un minuto después de la barrera, se tomó otra esfera de metal, se programaron los controles, se prendieron los monitores (debemos tener en cuenta que son monitores muy especiales diseñados para encontrar que algo está ahí desde antes de que esté realmente, o sea, algo que no estaba, pero llegó desde el pasado entonces ya estaba, pero hay que saber que estuvo desde el tiempo al que se envió...) y presionaron el botón...

... ¡y llegó!

La fiesta duró unos tres días hasta que alguien sugirió encontrar una nueva barrera y otra vez el equipo se clavó en profundas meditaciones... entonces uno de los chimpancés del equipo tuvo una idea, y resultó igual de obvia que todos se sintieron un poco estúpidos de no tenerla antes, pero al final fue su propia genialidad en su simpleza la que hizo que todos la apoyaran: decidieron mandar una sonda capaz de enviar un mensaje a través del tiempo, y de ser posible, de regresar. Se creó una máquina similar, pero portátil, un transmisor, y en última instancia, se le hizo suficientemente fácil de encontrar por los habitantes de ese tiempo como para no dejar un registro de haber sido vista, y el punto al que se envió fue al suceso anormal más reciente en el tiempo, haría unos 30 años en el pasado, que fue documentado por un paciente mental que dijo haber visto una esfera luminosa desde su habitación en el hospital.

Se preparó la sonda, la prueba, y el equipo durmió toda una noche completa antes de hacer la prueba. El día llegó, se ajustaron los parámetros de la ecuación y de la máquina, se revisó la documentación del evento para encontrar alguna diferencia, se revisó dos veces todos los parámetros, la ecuación, la máquina y la sonda. Y entonces -no se sabe quién- alguien presionó el botón.

Se revisaron los informes de la época, se verificó si el modelo cambió. Nada.

Intentaron contactar con la sonda. Nada.

Esperaron al tiempo de regreso. Nada.

Y se dieron cuenta que la sonda siempre tuvo que estar ahí. Siempre debió estar ahí para fin de que ellos pudieran estar donde estaban. Se recuperaron pocos datos por que la sonda tuvo daños por el viaje, pero se dieron cuenta de lo suficiente para enviar otra más, mejor preparada... con capacidad para ajustar la ecuación y discernir entre los eventos reales de los ficticios. Y fueron enviando más sondas, a lugares donde siempre tuvieron que estar, y dejaron objetos en el pasado distante donde siempre tuvieron que estar, plantaron misterios que hicieron que pueblos enteros fueran a la guerra o encontraran la paz. Algunas de sus sondas enloquecieron a quienes las vieron, y otras fueron totalmente ignoradas...

Con el tiempo prepararon mejor sus viajeros, incluso algunos tripulados cuando encontraron la forma de traerlas de regreso. El laboratorio de cronología entonces empezó a cumplir un propósito nuevo, aunque quizás esperado. Empezó a crear las anormalidades que siempre debieron estar ahí.