Imaginemos que encontramos a una persona, que sometida a un estrés extremo, logra desarrollar una creatividad extrema; sin entrar en detalles técnicos, encontramos una manera de lanzar esa persona al vacío, y durante su caída, podemos proporcionarle hojas para que escriba las ideas que va teniendo en medio de su ataque de pánico, luego podemos encargarnos de que la caída sea lo más larga posible, a veces podría parecer infinita, a veces muy corta; y por último, encontramos una forma de poder sacar a esa persona de su caída.
Luego se descubre que a esa persona se le puede guiar en su desesperación creativa, y tipos distintos de personas, algunas más creativas, otras menos, pero que requieren mayor o menor grado de riesgo para explayar esa creatividad.
Pronto, se empieza a depender de esas personas a punto de morir para solucionar los más elementales predicamentos de la sociedad. Algunas mueren en fallos de rescate, otras se desgastan; pero se buscando y produciendo esa rara especie.
Habrá algunas personas que puedan soportar más ciclos de caídas, y las habrá que mueran de infarto prácticamente a la primera o segunda vuelta.
Pues eso es la tecnología humana: una tragedia a punto de suceder que vamos postergando en ambientes controlados.