jueves, 17 de septiembre de 2015

Soledades

Lo poco que se escribió al respecto en su momento, y lo poco que se pudo comprender de su ataque después de realizado siempre hacen referencia como si fuera un “Él”, un ente único que actuó. Pero los vestigios no pueden definir totalmente su naturaleza. Sabemos, sin embargo, que hay una intencionalidad en los eventos ocurridos y que su actuación fue reiterada a lo largo de miles de años y en diferentes ocasiones.
Los más ortodoxos se inclinan a pensar que es absurdo pensar en un “Él” cuando en realidad se trata de un fenómeno curioso, endémico quizás de ese mundo, pero no se puede ocultar la intencionalidad, y hay trazas de una organización demasiado compleja como para achacárselo a un mero accidente. Hasta la fecha nuestros científicos más notables siguen trabajando en entender qué clase de ser o entidad (si lo hay) es capaz de ejercer las atrocidades que hemos visto regarse a lo largo de este mundo.
Cuando la primera avanzada científica llegó al planeta notó de inmediato que estaba ahí, más que nada por sus efectos: el lugar estaba devastado, quedaban poquísimos habitantes y estaban aún intentando darse muerte los unos a otros por razones absurdas. Horrorizados, los pusieron en cuarentena y fue ahí donde notaron sus primeras trazas en lo más profundo de sus consciencias.
Lo primero que notaron fue que eran incapaces de comunicarse con otras inteligencias, pero aún eran capaces de comunicarse consigo mismos, aunque a un nivel bastante torpe. También notaron una preocupante falta de empatía tanto entre ellos mismos con como las demás inteligencias de su mundo (no se diga del resto del universo), y una incapacidad de percatarse del entorno. El aislamiento en el que estaban sumidos los volvía sumamente agresivos, emocionalmente inestables y bastante vulnerables. Sospechamos que Él había influido desde hacía siglos en su evolución, pero había sido especialmente activo en tiempos recientes. Después de analizar lo expresado por los demás habitantes de ese mundo, la cosa se volvió también una operación militar.
Comprendo y justifico el envío de tropas a un lugar donde se sospecha que resida algo capaz de acabar así con la vida de un mundo entero, sobre todo si Él sigue por ahí.
Mi equipo llegó con la tercera expedición, después de establecerse el perímetro militar y cuando los principales afectados estaban en cuarentena. Un grupo de biologos ya habían trazado las principales funciones vitales evolutivas, ya habían establecido sus vínculos con otras formas de vida y habían encontrado las primeras trazas de Él en lo profundo de los mapas neurales de la especie más afectada. Nosotros llegamos con la misión de hacer un análisis forense del devenir cultural de las especies ahí presentes.
Dentro de la cuarentena creamos un entorno virtual que les permitía interconectarse dentro de diferentes escenarios. En cada escenario modificamos algunas variables de entorno, introdujimos datos aleatorios, e incluso, en la última, les dimos tecnología electrónica.
Fue hasta entonces cuando se hizo de lo más evidente su estrategia.
Durante las simulaciones de entorno vimos como los individuos empezaban a desarrollar una cultura, ciencia y tecnología. Su evolución se sucedía vertiginosa y vibrante como siempre que florece la vida e inteligencia en un mundo, sin embargo, al acercarse a conocer los fenómenos trascendentes del universo, empezaban a distorsionar su lenguaje, luego poco a poco empezaban a olvidar hasta los principios más obvios de la ciencia, y olvidaban poco a poco los precarios avances que habían logrado.
Las simulaciones las basábamos en múltiples culturas de otros mundos que habían logrado una comprensión importante del universo, mezcladas con elementos autóctonos. Los sutiles elementos culturales eran asimilados por los sujetos en cuarentena y evolucionaban maravillosamente hasta que de pronto algo en lo más profundo de sus consciencias los hacía ser más perezosos, más lentos y, dejando de esforzarse, olvidaban poco a poco el camino recorrido.
Al final cambiar de escenario era fácil pues ellos olvidaban muy pronto lo que habían sido, y para efectos prácticos hicimos que los escenarios tuvieran una sola dimensión temporal; los individuos no eran plenamente conscientes que estaban en una simulación, ni que estábamos ahí, y mucho menos que estaban en cuarentena. Si alguno empezaba a percatarse de ello, inmediatamente los demás le ridiculizaban y reducían (cuando no lo asesinaban directamente) y nos obligaba a reinsertarlo en otro lugar del escenario.
Ante nuestra incapacidad de rastrear genéticamente el fallo que los hacía olvidar, fue que corrimos la última simulación: replicamos y reflejamos a los individuos miles y hasta millones de veces, codificamos los conocimientos trascendentes (pero dejamos algunos grupos con algunas pistas) y les insertamos en el escenario tecnología bastante más simple, más fácilmente replicable y que no requiriese ninguna virtud especial de parte de los individuos para ser usada o comprendida, que requiriese ya de por sí poco esfuerzo por parte del individuo. Nuestra apuesta fue hacer un ambiente propicio a la pereza que los había destruido otras veces para que se mostrara más evidente.
Y funcionó.
Transcurrieron pocos cientos de años desde que les dimos la tecnología para que empezaran a olvidarse de preguntar qué leyes hacían funcionar su tecnología, pese a que se trataba de tesis bastante sencillas; lograron hacer que una gran masa de sus instancias o “posibilidades de personalidad” (pues en realidad solo eran unos pocos cientos de individuos instanciados miles de veces en el escenario, en lugares y entornos distintos) se olvidaran de sus anhelos cognitivos. Notamos como algunos se esforzaron en generar una cultura aberrante, enfocada en una ausencia de ser y dando prioridad a la ilusión.
Entonces Él hizo su entrada triunfal insertando la negación de la trascendencia como algo natural en sus mentes. Su presencia apenas si podía captarse como una leve fluctuación de energía en lo más profundo de las consciencias. Luego los hizo desarrollar hasta hipertrofiar la tecnología que les dimos. Llenaron sus canales de comunicación de basura, de bazofia ególatra y, dado que les hizo creer que lo natural les era ajeno, de estructuras, de formas, de sinsentidos. La tecnología hipertrofiada tomó formas de comodidad estupidizante. En apenas 100 años casi la totalidad de los individuos habían olvidado cosas tan básicas como hacer fuego. Otra fluctuación y empezaron a aceptar como natural una exótica forma de organizarse a manera de pirámide, una jerarquía infuncional y antinatural donde se elegía a un único punto de toma de decisiones (y por razones que aún desconocemos, se le otorgaba una atención especial y arbitraria que hacía que nadie pudiera cuestionar sus actos) que solía ser además asignado por criterios absurdos como la herencia o la simpatía popular.
Nos empezamos a sentir observados, le empezamos a llamar Él y nos dimos cuenta que estaba despierto cuando notamos que empezó a insertar, como si fueran cosa de remoto pasado, algunos textos que aceptaban como una revelación de “divinidad” (una mala interpretación del Absoluto). Así, pudo hacer que miles aceptaran como natural el asesinar a otros que no compartían su enajenación. Cuando sucedió, y dado que actuaba fuera de la concepción lineal del tiempo que era obligada en nuestros escenarios, pensamos que Él era consciente, era una entidad subyacente y holográfica dentro de todas las mentes de los sujetos; supusimos que se dio cuenta de la simulación, pero no pudimos saber si se sintió encerrado o confiado de extenderse.
Nosotros permitimos que uno o dos sujetos de prueba se acercaran a la trascendencia y vimos cómo sus múltiples instancias reflejaron esos conocimientos dentro del escenario. Algunas de las instancias los abandonaron, muchas fueron asesinadas por los ejércitos Revelacionistas y los pocos que conservaron más o menos íntegro el conocimiento se dividieron actuando infectados del más profundo principio de aislamiento de su especie.
Para el final del escenario, los Revelacionistas se transformaron en Negacionistas de la trascendencia, la poca Ciencia que les concedimos empezó a ser usada como arma de intoxicación masiva y miles de instancias de mentes se empezaron a podrir. Muchos de los individuos en cuarentena murieron y explotaron en múltiples instancias que ahora eran solamente válidas dentro del escenario y cada vez quedaba menos de aquel mundo.
Nos sentimos amenazados por la posibilidad de que Él encuentre la forma de abandonar el escenario de simulación e infecte nuestras consciencias. Algunos sugieren que solo puede residir en seres demasiado primitivos o limitados, pues una parte importante para que sea eficiente su engaño es la creencia de que la vida y la inteligencia son cosas aisladas, únicas en medio de un universo absurdamente grande. Pero no por eso bajamos la guardia y las interacciones hacia el escenario son consciensudamente monitorizadas para evitar una transferencia de consciencia indeseable, y aunque sus rastros siempre han sido demasiado sutiles, tenemos fluctuaciones claras de su actuar que nos permiten saber que por lo pronto está aislado.
Algunos estamos sinceramente maravillados de que una criatura así pueda existir, que sea tan sutil y al mismo tiempo tan apegada aún al concepto de individualidad. Hay quién ha sugerido que quizás se trate del remanente de una primitiva civilización, surgida en los albores de este universo y que se aniquiló a si misma en medio de un tremendo sentimiento de soledad, que no pudo saber que junto a Ellos había otros cientos, miles de inteligencias, de culturas, de civilizaciones que estaban por venir; que no terminaron de comprender, de empatizar, que nunca sintieron el dulce ronroneo del Absoluto en el ruido de fondo del Universo. Quizás Ellos en su desesperación se asentaron en las consciencias de esta raza y para sentirse acompañados los aislaron, de todo su dolor nació Él, con su insaciable deseo de arrastrarlos a ese ominoso final que les dio origen.

Lo que único que sabemos es que habrá que tomar una decisión.