Lo poco que se escribió al
respecto en su momento, y lo poco que se pudo comprender de su ataque
después de realizado siempre hacen referencia como si fuera un “Él”,
un ente único que actuó. Pero los vestigios no pueden definir
totalmente su naturaleza. Sabemos, sin embargo, que hay una
intencionalidad en los eventos ocurridos y que su actuación fue
reiterada a lo largo de miles de años y en diferentes ocasiones.
Los más ortodoxos se inclinan a
pensar que es absurdo pensar en un “Él” cuando en realidad se
trata de un fenómeno curioso, endémico quizás de ese mundo, pero
no se puede ocultar la intencionalidad, y hay trazas de una
organización demasiado compleja como para achacárselo a un mero
accidente. Hasta la fecha nuestros científicos más notables siguen
trabajando en entender qué clase de ser o entidad (si lo hay) es
capaz de ejercer las atrocidades que hemos visto regarse a lo largo
de este mundo.
Cuando la primera avanzada
científica llegó al planeta notó de inmediato que estaba ahí, más
que nada por sus efectos: el lugar estaba devastado, quedaban
poquísimos habitantes y estaban aún intentando darse muerte los
unos a otros por razones absurdas. Horrorizados, los pusieron en
cuarentena y fue ahí donde notaron sus primeras trazas en lo más
profundo de sus consciencias.
Lo primero que notaron fue que
eran incapaces de comunicarse con otras inteligencias, pero aún eran
capaces de comunicarse consigo mismos, aunque a un nivel bastante
torpe. También notaron una preocupante falta de empatía tanto entre
ellos mismos con como las demás inteligencias de su mundo (no se
diga del resto del universo), y una incapacidad de percatarse del
entorno. El aislamiento en el que estaban sumidos los volvía
sumamente agresivos, emocionalmente inestables y bastante
vulnerables. Sospechamos que Él había influido desde hacía siglos
en su evolución, pero había sido especialmente activo en tiempos
recientes. Después de analizar lo expresado por los demás
habitantes de ese mundo, la cosa se volvió también una operación
militar.
Comprendo y justifico el envío
de tropas a un lugar donde se sospecha que resida algo capaz de
acabar así con la vida de un mundo entero, sobre todo si Él sigue
por ahí.
Mi equipo llegó con la tercera
expedición, después de establecerse el perímetro militar y cuando
los principales afectados estaban en cuarentena. Un grupo de biologos
ya habían trazado las principales funciones vitales evolutivas, ya
habían establecido sus vínculos con otras formas de vida y habían
encontrado las primeras trazas de Él en lo profundo de los mapas
neurales de la especie más afectada. Nosotros llegamos con la misión
de hacer un análisis forense del devenir cultural de las especies
ahí presentes.
Dentro de la cuarentena creamos
un entorno virtual que les permitía interconectarse dentro de
diferentes escenarios. En cada escenario modificamos algunas
variables de entorno, introdujimos datos aleatorios, e incluso, en la
última, les dimos tecnología electrónica.
Fue hasta entonces cuando se hizo
de lo más evidente su estrategia.
Durante las simulaciones de
entorno vimos como los individuos empezaban a desarrollar una
cultura, ciencia y tecnología. Su evolución se sucedía vertiginosa
y vibrante como siempre que florece la vida e inteligencia en un
mundo, sin embargo, al acercarse a conocer los fenómenos
trascendentes del universo, empezaban a distorsionar su lenguaje,
luego poco a poco empezaban a olvidar hasta los principios más
obvios de la ciencia, y olvidaban poco a poco los precarios avances
que habían logrado.
Las simulaciones las basábamos
en múltiples culturas de otros mundos que habían logrado una
comprensión importante del universo, mezcladas con elementos
autóctonos. Los sutiles elementos culturales eran asimilados por los
sujetos en cuarentena y evolucionaban maravillosamente hasta que de
pronto algo en lo más profundo de sus consciencias los hacía ser
más perezosos, más lentos y, dejando de esforzarse, olvidaban poco
a poco el camino recorrido.
Al final cambiar de escenario era
fácil pues ellos olvidaban muy pronto lo que habían sido, y para
efectos prácticos hicimos que los escenarios tuvieran una sola
dimensión temporal; los individuos no eran plenamente conscientes
que estaban en una simulación, ni que estábamos ahí, y mucho menos
que estaban en cuarentena. Si alguno empezaba a percatarse de ello,
inmediatamente los demás le ridiculizaban y reducían (cuando no lo
asesinaban directamente) y nos obligaba a reinsertarlo en otro lugar
del escenario.
Ante nuestra incapacidad de
rastrear genéticamente el fallo que los hacía olvidar, fue que
corrimos la última simulación: replicamos y reflejamos a los
individuos miles y hasta millones de veces, codificamos los
conocimientos trascendentes (pero dejamos algunos grupos con algunas
pistas) y les insertamos en el escenario tecnología bastante más
simple, más fácilmente replicable y que no requiriese ninguna
virtud especial de parte de los individuos para ser usada o
comprendida, que requiriese ya de por sí poco esfuerzo por parte del
individuo. Nuestra apuesta fue hacer un ambiente propicio a la pereza
que los había destruido otras veces para que se mostrara más
evidente.
Y funcionó.
Transcurrieron pocos cientos de
años desde que les dimos la tecnología para que empezaran a
olvidarse de preguntar qué leyes hacían funcionar su tecnología,
pese a que se trataba de tesis bastante sencillas; lograron hacer que
una gran masa de sus instancias o “posibilidades de personalidad”
(pues en realidad solo eran unos pocos cientos de individuos
instanciados miles de veces en el escenario, en lugares y entornos
distintos) se olvidaran de sus anhelos cognitivos. Notamos como
algunos se esforzaron en generar una cultura aberrante, enfocada en
una ausencia de ser y dando prioridad a la ilusión.
Entonces Él hizo su entrada
triunfal insertando la negación de la trascendencia como algo
natural en sus mentes. Su presencia apenas si podía captarse como
una leve fluctuación de energía en lo más profundo de las
consciencias. Luego los hizo desarrollar hasta hipertrofiar la
tecnología que les dimos. Llenaron sus canales de comunicación de
basura, de bazofia ególatra y, dado que les hizo creer que lo
natural les era ajeno, de estructuras, de formas, de sinsentidos. La
tecnología hipertrofiada tomó formas de comodidad estupidizante. En
apenas 100 años casi la totalidad de los individuos habían olvidado
cosas tan básicas como hacer fuego. Otra fluctuación y empezaron a
aceptar como natural una exótica forma de organizarse a manera de
pirámide, una jerarquía infuncional y antinatural donde se elegía
a un único punto de toma de decisiones (y por razones que aún
desconocemos, se le otorgaba una atención especial y arbitraria que
hacía que nadie pudiera cuestionar sus actos) que solía ser además
asignado por criterios absurdos como la herencia o la simpatía
popular.
Nos empezamos a sentir
observados, le empezamos a llamar Él y nos dimos cuenta que estaba
despierto cuando notamos que empezó a insertar, como si fueran cosa
de remoto pasado, algunos textos que aceptaban como una revelación
de “divinidad” (una mala interpretación del Absoluto). Así,
pudo hacer que miles aceptaran como natural el asesinar a otros que
no compartían su enajenación. Cuando sucedió, y dado que actuaba
fuera de la concepción lineal del tiempo que era obligada en
nuestros escenarios, pensamos que Él era consciente, era una entidad
subyacente y holográfica dentro de todas las mentes de los sujetos;
supusimos que se dio cuenta de la simulación, pero no pudimos saber
si se sintió encerrado o confiado de extenderse.
Nosotros permitimos que uno o dos
sujetos de prueba se acercaran a la trascendencia y vimos cómo sus
múltiples instancias reflejaron esos conocimientos dentro del
escenario. Algunas de las instancias los abandonaron, muchas fueron
asesinadas por los ejércitos Revelacionistas y los pocos que
conservaron más o menos íntegro el conocimiento se dividieron
actuando infectados del más profundo principio de aislamiento de su
especie.
Para el final del escenario, los
Revelacionistas se transformaron en Negacionistas de la
trascendencia, la poca Ciencia que les concedimos empezó a ser usada
como arma de intoxicación masiva y miles de instancias de mentes se
empezaron a podrir. Muchos de los individuos en cuarentena murieron y
explotaron en múltiples instancias que ahora eran solamente válidas
dentro del escenario y cada vez quedaba menos de aquel mundo.
Nos sentimos amenazados por la
posibilidad de que Él encuentre la forma de abandonar el escenario
de simulación e infecte nuestras consciencias. Algunos sugieren que
solo puede residir en seres demasiado primitivos o limitados, pues
una parte importante para que sea eficiente su engaño es la creencia
de que la vida y la inteligencia son cosas aisladas, únicas en medio
de un universo absurdamente grande. Pero no por eso bajamos la
guardia y las interacciones hacia el escenario son consciensudamente
monitorizadas para evitar una transferencia de consciencia
indeseable, y aunque sus rastros siempre han sido demasiado sutiles,
tenemos fluctuaciones claras de su actuar que nos permiten saber que
por lo pronto está aislado.
Algunos estamos sinceramente
maravillados de que una criatura así pueda existir, que sea tan
sutil y al mismo tiempo tan apegada aún al concepto de
individualidad. Hay quién ha sugerido que quizás se trate del
remanente de una primitiva civilización, surgida en los albores de
este universo y que se aniquiló a si misma en medio de un tremendo
sentimiento de soledad, que no pudo saber que junto a Ellos había
otros cientos, miles de inteligencias, de culturas, de civilizaciones
que estaban por venir; que no terminaron de comprender, de empatizar,
que nunca sintieron el dulce ronroneo del Absoluto en el ruido de
fondo del Universo. Quizás Ellos en su desesperación se asentaron
en las consciencias de esta raza y para sentirse acompañados los
aislaron, de todo su dolor nació Él, con su insaciable deseo de
arrastrarlos a ese ominoso final que les dio origen.
Lo que único que sabemos es que
habrá que tomar una decisión.
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